Tras un periodo de pausa después del comienzo de la guerra, las fuerzas gubernamentales comienzan a reorganizarse y reforzarse gracias a la llegada a los puertos españoles en el Mediterráneo de gran cantidad de suministros (armas, voluntarios, etc.) transportados principalmente por buques rusos y franceses.
Ante la falta de sumergibles por parte de la Marina Nacional a estos les es imposible interceptar este tráfico, quedando palpable este hecho, al comprobar la libertad de navegación que realizan los buques gubernamentales, fondeando libremente en las radas sin tomar precauciones algunas. Durante este periodo las patrullas de los buques italianos en el Estrecho de Mesina y el Canal de Sicilia y de los alemanes en el Mediterráneo Occidental solo servía para informar de los movimientos y transito de mercante procedentes de los puertos rusos del Mar Negro, previamente señalados ya por los servicios de espionaje nacionales establecidos en Estambul (Turquía) y en los Dardanelos desde octubre.
Por eso y con la intensión de cortar este tráfico de buques, Italia ya completamente integrada en proporcionar ayuda a las Fuerzas Nacionales decide utilizar sus sumergibles. Mientras tanto el Almirante Cervera presiona al Gobierno italiano con la intensión de que este ceda los dos sumergibles solicitados. Algo hubo de suceder ya que a primeros de noviembre el Comandante Ferreri (Miembro de la Misión italiana en España) de acuerdo con el Mando de la Marina de San Fernando y el Arsenal de La Carraca (Cádiz) procederán a establecer un punto de atraque para sumergibles, tomándose todas las medidas de seguridad pertinentes para ello, previendo la llegada de estas unidades, incluso se prohibió el acceso a la zona del personal no autorizado. Toda esta preparación y organización sirvió de poco, ya que a mediados de ese mes el General Roatta (Jefe de la Misión Militar italiana en España) regresa a Roma, llegando posteriormente la confirmación de la intervención directa de los sumergibles italianos desde sus Bases italianas.