Cómo maniobran los submarinos.

Para hacer inmersión con un submarino en el menor tiempo posible, los tanques principales de lastre, situados a lo largo de los costados, se abrían para dejar salir el aire y se inundaban con agua del mar. Al mismo tiempo los timones de profundidad de proa y popa se colocaban ambos inclinados hacia abajo y se daba avante a toda máquina.
Si los timones de profundidad de popa se ponían a bajar demasiado cerca de la superficie, el submarino se hundiría con más inclinación pero con riesgo de sacar las hélices fuera del agua, parando el buque.
Una vez bajo la superficie esta operación podía realizarse, produciendo una inmersión con inclinación más pronunciada. Los tanques de trimado delanteros podían ser, asimismo, inundados para bajar la proa. Una vez a la profundidad de inmersión, el agua de trimado se bombea al tanque de popa y los timones de profundidad se ponían el de proa hacia arriba y el de popa hacia abajo para nivelar el barco.
Para salir a la superficie, se inyectaba aire en los tanques principales de lastre para aligerar el barco. Si esto se hace con exceso, el barco puede salir a la superficie como un corcho, por lo que sólo se llevaba a cabo en emergencias. Para una salida a superficie normal, se situaban ambos timones inclinados hacia arriba.

“David Mason”. Submarinos, la amenaza secreta.

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Karl Dönitz, el visionario.

En 1939, poco antes de estallar la segunda guerra mundial, en Berlín se publicó un libro, escrito por el entonces Capitán de Navío Karl Dönitz: "Die U-bootswaffe", en el que, entre otras cosas, se hacía resaltar la gran ventaja sobre las unidades “a.s.” (antisubmarinas) enemigas, del sumergible atacando de noche y en superficie como buque torpedero. Dicha táctica ya había sido practicada con éxito por los alemanes en las postrimerías de la Gran Guerra, pero como la adopción por parte de los aliados del sistema de los convoyes protegidos había conjurado en definitiva la gravísima crisis sufrida por el tráfico marítimo aliado en el año 1917, los británicos no extrajeron, en el período comprendido entre las dos guerras mundiales, las oportunas enseñanzas, suponiendo que, en un futuro conflicto, el empleo del Asdic –transceptor acústico de alta frecuencia especialmente diseñado para detectar sumergibles en inmersión- en sus unidades antisubmarinas haría imposible una repetición de dicha crisis.
    Iban a pagar cara su imprevisión, impreparación y exceso de confianza.

“Luis de la Sierra”. La guerra naval en el Atlántico.

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La superioridad submarina Alemana.

Los sumergibles alemanes eran muy superiores a los de sus aliados ¹. Efectivamente, los Unterseeboote no sólo eran más veloces en superficie –17,7 nudos contra los 12-13 de los italianos- y tenían allí mayor autonomía –9.700 millas- que sus contrapartes de la Regia Marina, sino que eran también más rápidos en sumergirse –30 segundos, contra el doble en los tipos italianos más diligentes en la zambullida-; montaban mejores periscopios e hidrófonos; no dejaban burbujas de aire al lanzar sus torpedos, ni éstos producían estela, pues eran eléctricos, y además llevaban espoletas magnéticas, mucho más efectivas que las de percusión; podían sumergirse a más del doble de la profundidad máxima que alcanzaban los submarinos italianos, y, finalmente, disponían de magníficas centrales de lanzamiento acopladas al periscopio de ataque o a los prismáticos de puntería nocturna en superficie, cosa de la que, como sabemos, también carecían aquellos.
Por si todo ello no fuera bastante, los Unterseeboote eran mucho más silenciosos navegando bajo el agua y resultaban más maniobreros sobre ella.  Con lo expuesto no queremos tratar de rebajar en un ápice el valor de los éxitos logrados por los submarinistas germanos prácticamente en todos los mares del globo; su gran habilidad profesional, coraje y eficacia no necesitan en absoluto ser subrayados...

¹ Este hecho, innegable, lo reconocen los mismos alemanes; por ejemplo, el historiador y almirante germano Friedrich Ruge, en su obra "Der seekrieg 1939-1945", refiriéndose a los sumergibles italianos, dice lo siguiente: “Sus buques eran muy inferiores a los alemanes desde el punto de vista técnico.”

“Luis de la Sierra”. La guerra naval en el Mediterráneo.

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El menú inesperado.

El calor ha aumentado hasta lo insoportable, y ni siquiera en inmersión se refresca el sumergible, ya que la temperatura del agua ha subido extraordinariamente.
El U-516 navega por los 17º  de latitud Norte. Una cálida brisa lame los rostros de los hombres que están de guardia en el puente durante la noche. En la mar, la calma es absoluta, y las estrellas brillan intensamente en el cielo. La hermosa y legendaria Cruz del Sur empieza a mostrarse en el firmamento.
Hace ya catorce días que una bandada de peces voladores acompaña al sumergible. Krischan, el serviola de babor de la segunda guardia, opina que estos animalitos son tontos de remate. Se remontan un poco fuera del agua, recorren volando unos centenares de metros y vuelven a sumergirse. Si en su vuelo se interpone el sumergible, tropiezan violentamente con el casco y caen en cubierta, donde quedan prendidos con sus alas en cualquier saliente o rendija. Los hombres del puente están tan familiarizados con estos peces, que les parecen que son siempre los mismos.
Las noches tropicales son extraordinariamente claras y la visibilidad es de muchas millas. Cuando por el Este se anuncia el nuevo día y la Luna se apaga, todos los hombres se esconden en el tubo de acero y el sumergible hace inmersión.
Los que bajan del puente entornan los ojos, pues la intensidad de la luz eléctrica les hiere la vista, habituada a la oscuridad del exterior, y tuercen el gesto ante el ambiente denso y caldeado del sumergible. Los primeros minutos en el interior del barco les parece un suplicio. Pero en cuanto perciben el agradable olor del café, los rostros se alegran y se toman la taza con verdadera fruición. Si a alguno se le ocurre asomarse a la cocina, verá los peces voladores preparados para pasar a la sartén. También su olorcillo llegará a todos los rincones de la embarcación.
Al principio creían que esta rara especie de animales marinos no era comestible; pero ya hace tiempo que se han acostumbrado a su sabor y ahora lo consideran uno de los platos predilectos, que pueden saborear todos los días, ya que estos peces acuden todas las noches a visitar el sumergible.

“Harald Busch”. Así fue la guerra submarina.

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La guerra sucia.

Al principio de la guerra, ni el abastecimiento de víveres y combustible ni las reservas de torpedos constituían ningún problema para los sumergibles.
Pero en 1943, debido a la larga duración de los cruceros, se originó más de un conflicto. El sumergible salía de su base con reservas suficientes, pero a veces se presentaban situaciones imprevisibles que daban al traste con todos los cálculos. Por otra parte, las posibilidades de almacenamiento de víveres y combustible eran limitadas, lo que obligaba con frecuencia a tener que abastecerse de los sumergibles petroleros. Los que saben por experiencia lo que son estos trasbordos de combustible y alimentos en alta mar, por nada del mundo quisieran volver a tomar parte en ellos.
En el U-516 no existe por el momento este problema. Si no surge ningún imprevisto, las reservas deben bastar hasta la vuelta a la base.
En todos los sumergibles, el encargado de trazar el plan alimenticio es el médico –si es que llevan uno a bordo, claro está-. En el U-516 era Poldi. Entre él y el cocinero tenían que preparar las minutas de todas las semanas, que después sometían a la aprobación del comandante. La despensa del U-516 contenía víveres abundantes y excelentes.
Periódicamente se hacía inventario, y rara era la vez que no se encontraban latas estropeadas. Era un inconveniente inevitable, con el que Poldi tenía que luchar.
Después de la quinta semana, todos los alimentos frescos se habían consumido o echado a perder, y desde este momento la dotación del U-516 tuvo que alimentarse de “bueyes de hojalata”, como llamaban a las latas de conserva: pan, patatas, verduras, mantequilla, carne, huevos, guisos preparados, en fin, todo lo que se servía en las comidas, estaba encerrado en latas.
Hasta el momento no ha habido de qué lamentarse, pero desde hace unos días se esparce por todo el sumergible un olor sumamente penetrante y desagradable y que parece venir de la cámara de motores. Allí es donde se estibaron las latas de conserva de reserva. Cuando el mal olor llega a hacerse insoportable se decide examinar una por una todas las latas. El resultado de la investigación es desastroso: la mitad de las de carne se han echado a perder y deben ser tiradas al agua. ¿Qué habrá ocurrido?
Se advierte que todas estas latas están fabricadas en Francia. Todos piensan en sabotajes. Sin embargo, no será fácil hallar a los culpables; las latas no llevan ninguna inscripción de las fábricas, sino simplemente: “Fabriqué en France”.
La cosa ya no tiene solución. Habrá que apretarse los cinturones y tendrán que acortarse las raciones de carne. Una verdadera calamidad.
No es extraño que los peces voladores sean aún más estimados, en lo sucesivo, en el U-516: son un regalo de la mar para el sumergible y sus hombres.

“Harald Busch”. Así fue la guerra submarina.

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El caso Laconia

    -Acusado: estimo que su declaración de entonces, según la cual los navíos alemanes armados serían hundidos, no cambiaba en nada el método precedentemente utilizado de echar a pique, sin previa advertencia incluso, los buques no armados.

Es sir David Maxwell-Fyfe, procurador británico en el Tribunal de Nüremberg, quien habla. Interroga a Doenitz desde hace varios días. Es un debate extremadamente apremiante, el más emotivo de cuantos se han desarrollado en esta barra. Está en juego la vida del último Comandante en Jefe de la Marina, quien había ordenado, poco tiempo antes del fin de las hostilidades, que no fueran destruidos los diarios de operaciones del Alto Mando Naval, puesto que no había nada que ocultar en ellos.

    Varios meses más tarde, los considerandos del juicio especificaban:

“Aunque Doenitz haya creado y formado el arma submarina alemana, no hay pruebas de que se hallase al corriente de la conjuración que tendía a desatar una guerra de agresión, ni de que él haya preparado o iniciado alguna. Era un oficial de carrera que cumplía únicamente misiones militares… Ahora bien, es evidente que sus sumergibles, poco numerosos en aquella época, estaban plenamente entrenados para la guerra. Los principales daños causados al enemigo en el mar fueron debidos casi exclusivamente a esos sumergibles, como lo demuestran los millones de toneladas de navíos aliados y neutrales hundidos por ellos… El tribunal, después de oír los testimonios, es del parecer de que Doenitz ha participado en la orientación hacia una guerra de agresión”.

Los otros motivos de la condena a diez años de prisión fueron: 1º, que Doenitz no había anulado, después de ser nombrado Comandante en Jefe de la Marina, la orden dada por Hitler, contraria al Derecho Internacional, de hacer ejecutar a todos los prisioneros que hubiesen pertenecido a los comandos o grupos de sabotaje; 2º, que a consecuencia de su situación no podía ignorar que gran número de los habitantes de los países ocupados se hallaban detenidos en los campos de concentración; 3º, que con motivo de una conferencia con Hitler y Jold, en febrero de 1945, en la que fueron discutidas las ventajas y desventajas a que daría lugar la posible denuncia de la Convención de Ginebra, aquél sostuvo el parecer de que era preferible tomar las medidas examinadas sin anunciarlas de antemano y salvar así las apariencias ante los ojos del mundo exterior.

Los esfuerzos del acusador británico recayeron, no obstante, sobre un punto completamente aparte. Aquel intentó demostrar que la dirección de la guerra submarina había sido criminal y contraria al derecho de gentes.
    -Al comenzar la guerra adquirí permiso legal de echar a pique los buques mercantes armados  -respondió el Almirante-. Así lo hice a partir de ese momento, pero ni un solo instante antes.
   -¿Quiere decirme si, en su opinión, la simple existencia de un cañón a bordo de un buque mercante constituía un acto de resistencia activa contra sus sumergibles en el caso en que conforme al acuerdo de Londres, suscrito por Alemania, éstos intentasen abordarlo?
    -Todo aquel que posee un cañón procura, naturalmente, hacer uso de él. ¿Había de suicidarse el sumergible aguardando el primer disparo? En la práctica, los buques siempre han disparado a partir del momento en que estaba el objetivo a su alcance.
    -Pero los buques de carga ya habían sido armados en el curso de la guerra precedente. Ningún artículo del acuerdo de Londres de 1936 prohibía el hecho. ¿Por qué entonces ha violado usted ese acuerdo que había firmado solamente tres años antes? Desearía saberlo.
    -No se trata de una violación del acuerdo. Para el sumergible, esperar el primer disparo del adversario era suicidarse. Ciertamente, ¡no se les daba por capricho un armamento a los buques mercantes!.
    -Bien… Otro detalle…

Este torneo, que pone en agotadora tensión los nervios, prosigue durante horas, durante días. La acusación dirigida contra el Almirante supremo apunta sólo a un detalle de la conducción de la guerra submarina. Doenitz ha dado, afirma el procurador, la orden de aniquilar a los náufragos después de la destrucción de un navío.
    -¡Nunca, nunca jamás – se exalta el Almirante - he apoyado en absoluto una orden semejante!
    La sala sigue el debate con atención extrema.
    -¿Quiere usted dar a entender –pregunta fríamente Sir David- que ciertos comandantes de sumergibles se habrían negado a ejecutar esa orden de exterminar a los supervivientes?
    -Tal orden habría levantado una tempestad de indignación. En su idealismo, tan puro, esos hombres no se habrían mostrado dispuestos a cometer tal acto, ¡en absoluto! Y yo no habría permitido jamás tal orden…

Sir David hojea rápidamente sus documentos. De entre ellos extrae un papel y entonces lee el telegrama del 17 de septiembre de 1942, por el cual Doenitz ordenaba a sus comandantes, en todos los mares del globo:
    “… no emprender ninguna tentativa de salvamento con respecto al personal de los navíos hundidos”.

Cajus Bekker “Lucha y muerte de la Marina de Guerra alemana”

NdR.: Estas últimas líneas forman parte del comunicado transcrito a partir del hundimiento del buque inglés “Laconia”, de 19.695 trb, que transportaba unos 1.600 prisioneros de guerra italianos. Tras darse cuenta del error, el comandante del U-156 (Hartenstein) inició el salvamento de los náufragos, radiando en onda clara la posición del naufragio para evitar ser atacado mientras rescataba las chalupas cargadas de personas. A pesar de ello, algunas horas después, varios aviones norteamericanos sobrevolaron a los UB que se han agrupado para rescatar a las víctimas, y a pesar de llevar una gran bandera de la Cruz Roja, atacaron con bombas a los mismos, causando algunos daños y matando a numerosos italianos al alcanzar las chalupas.
Puesto este hecho en conocimiento de Doenitz, aquel emitió la citada directiva para evitar pérdidas propias al intentar salvar a las víctimas de los ataques de los UB.

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La lucha se endurece

La “batalla del Atlántico”, como la han bautizado los ingleses, alcanza su punto culminante dos o tres años más tarde. ¿Llegarán los sumergibles alemanes, cuya producción mensual ha pasado de tres en junio de 1940 a veintitrés en octubre de 1941, a arrebatar el dominio de los mares a Inglaterra?. Semejante éxito sería decisivo, ya que ésta se halla separada por el Atlántico de las fuentes de su poder: sin buques está irremediablemente condenada a perecer.
En el verano de 1942, la cifra de destrucciones realizadas por los U-Boote sobrepasa el millón de toneladas de arqueo bruto, y el de las construcciones nuevas, febrilmente desarrolladas en América, alcanza precisamente la mitad de esa cantidad. En junio de 1942, el Almirantazgo británico ha de registrar una pérdida de ciento cuarenta y cinco buques comerciales, en su mayor parte fletados con preciosos cargamentos.

Pero, si bien nuevos sumergibles son lanzados a la lucha y su táctica para atacar los convoyes adversarios no cesa de perfeccionarse y de dar resultados cada vez más importantes, el enemigo perfecciona igualmente, como es natural, sus medios y sus procedimientos de defensa. La curva que representa las pérdidas experimentadas por los U-Boote asciende lentamente, aunque en forma constante. Hasta el 24 de agosto de 1942, ciento cinco de los trescientos cuatro buques que operaban hasta entonces no volvieron jamás a su base. Algunos comandantes efectúan seis, siete, ocho travesías fructuosas. Inevitablemente, llega aquella de la que no regresan… La lucha es dura, fiera, despiadada: los grandes éxitos tienen un altísimo precio.

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El Almirante contrariado

El 3 de septiembre de 1939, hacia mediodía, el comandante superior de los sumergibles se encuentra en su despacho, ante el gran mapa donde se hallan indicadas las posiciones de sus buques. Tiene dieciocho en el mar, dieciocho en total… Es una locura esperar causar sensibles daños a la poderosa Gran Bretaña, en el curso de posibles acciones, con este puñado de sumergibles. Todo lo más se le podrán asestar unos alfilerazos. Las inquietudes que atenazan al almirante Doenitz se leen en su frente. Dos días antes ha enviado al Alto Mando naval su último memorándum, donde subraya con insistencia el insuficiente desarrollo del arma submarina. La puerta se abre y el oficial de informes entra precipitadamente.

    -Almirante: un mensaje telegráfico del Alto Mando naval. Éste anuncia que Inglaterra ha declarado la guerra.
    Doenitz vuelve a levantar la cabeza; sus manos estrujan el papel, tan cargado de presagios. Luego se le escapa un grito:
    -¡Maldita cochinada!. ¡Tenía que ser a mí a quien le sucediera eso!.

Con los puños sobre sus caderas grita sobre si mismo, atraviesa el despacho a grandes pasos y cierra enérgicamente la puerta tras él.
Los oficiales de su Estado Mayor le esperan durante media hora. Doenitz, por fin, vuelve a aparecer. Su rostro delata todavía su emoción, pero da sus órdenes con voz segura.

La “batalla del Atlántico” acaba de comenzar.

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El comandante de los submarinos no deja a nadie morir de hambre.

“Cuando el 8 de noviembre comenzó el desembarco en Marruecos, envié allí todos los sumergibles que había disponibles en el Atlántico, exceptuando solamente los que estaban en el norte escasos de combustible, porque no tendrían suficiente para llegar a la zona de Gibraltar e intervenir en ninguna operación. Permanecieron, por tanto, en el Atlántico Norte, actuando en grupos, uno de los cuales alcanzó resultados positivos contra el convoy ONS 144. Sin tener que lamentar pérdidas propias, fueron hundidos 5 barcos con 25.396 tbr y la corbeta "Montbrecia". Después de esta operación les quedaba a los sumergibles tan poco combustible, que no les bastaría para sostener un día entero la lucha contra convoyes; por eso disolví los grupos, y, aisladamente, consiguieron hundir algún que otro mercante al este de Terranova.
A estos sumergibles, que eran los únicos que habían quedado para seguir realizando la guerra en el Atlántico, les dejé que agotasen hasta el máximo sus provisiones de combustible y víveres. Al recibir mensajes de los comandantes antes de su operación contra el ONS 144, en el sentido de que estaban muy escasos de combustible y víveres, contesté yo: “El comandante de los submarinos no deja a nadie morir de hambre.”
Pero, como sucede tan a menudo en la vida, el destino se encargó muy pronto de hacer que tuviera que tragarme lo que había prometido. Después que los sumergibles hubieron disparado todos sus torpedos, les dije que se reunieran, el 21 de noviembre de 1942, a unas 500 millas al noroeste de las Azores. Allí esperarían al sumergible cisterna U-460 (Teniente Schnoor).
También los sumergibles de vuelta de las zonas marítimas americanas fueron citados en aquel punto, por lo que, en definitiva, 9 sumergibles que tenían que ser provistos de combustible y víveres se congregaron alrededor de la “vaca lechera”. Pero he aquí que entonces se produjo un empeoramiento tal del tiempo, que era imposible pensar en repostar petróleo. Sumergibles aislados, que sólo poseían algunos litros de petróleo, permanecieron en el mar agitado, incapaces de realizar el mínimo movimiento. Muchos se vieron obligados a suprimir la iluminación y todo gasto de electricidad, y renunciar a las comidas calientes. Sólo tenían combustible suficiente para cargar las baterías.
Si hubiesen sido descubiertos por el adversario, estas unidades se habrían encontrado totalmente indefensas. Ni siquiera les cupo el recurso de poder sostener comunicaciones por radio. Ello constituía otro peligro más. Sólo al cabo de varios días mejoró el tiempo y pudo realizarse el suministro de petróleo y de víveres. Todas las unidades pudieron iniciar entonces el regreso a los puertos del Golfo de Vizcaya, adonde llegaron sanas y salvas. Un gran peso se me quitó del alma. Había aprendido, una vez más, que también había que tener en cuenta la posibilidad de resistencia de los sumergibles para permanecer en alta mar el mayor tiempo posible”.

Karl Dönitz  “Diez años y veinte días”

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Bautizos

“Nos estamos aproximando al Ecuador. (...) Los rayos del sol queman la piel y no corre ni una ráfaga de viento. Nos encontramos en la zona de las calmas absolutas, tan temidas por los navegantes de los buques de vela. Hacemos grandes sombreros que nos protegen la cabeza y la nuca del Sol. Cada cual confecciona su propio modelo. El mío tiene casi un metro de diámetro. Mañana cruzaremos el Ecuador...
La fiesta de Neptuno es una serie de ritos desenfrenados por los cuales se bautiza a los novatos que cruzan por primera vez la línea imaginaria que divide los dos hemisferios. Algunos veteranos, disfrazados como rey del mar con su tridente, y de Tetis, su reina, con una fregona como peluca, formaban su corte en la cubierta. Tetis es de deslumbrante belleza. Es un marinero que se ha afeitado a fondo, se ha maquillado y lleva una larga y ondeante peluca, confeccionada con cabos deshilachados.
Los súbditos de Neptuno y Tetis, con aspecto de salvajes, luciendo falditas de hierba, obligaban a los neófitos a tragar grandes píldoras de sabor desagradable y los lavan con mezclas de leche, agua salada y aceite de máquinas. Luego eran afeitados de la cabeza a los pies y empapados para limpiarlos del polvo del hemisferio norte antes de ser recibidos en el hemisferio sur. Aún tratándose de fiestas estridentes, la tripulación jamás bajaba enteramente la guardia, y mientras la mitad de la tripulación celebraba, la otra permanecía alerta.
Durante la fiesta, se impone el individualismo, el escarnio a los novatos, la posibilidad de dar rienda suelta al sadismo y la necesidad de infligir a otros padecimientos similares – o mayores, si cabe – a los recibidos. Usualmente esos padecimientos se aplicaban en tres grados. Los neófitos, según el grado de su castigo, debían ingerir una o más píldoras muy grandes y de un gusto horrible. Luego, con una gran jeringa se los obligaba a tragar un compuesto de vinagre, petróleo, pimienta y perfume.
De acuerdo con la liturgia, la fiesta de Neptuno se organizaba con puntillosa minuciosidad. Los preparativos comenzaban muchos días antes.
Diariamente, por la tarde, se transmite un reportaje radiofónico desde el palacio de Neptuno, situado en la torreta. La instalación de radio, que cuenta con micrófonos, es excelente en los sumergibles, por lo tanto no se presentan dificultades técnicas para la ejecución del programa, en el cual participa toda la tripulación, independientemente del lugar de la nave en que se encontrara. Se forman coros que nos cantan sus canciones, y a medida que la noche avanzaba, y con ella el consumo de groc –el aguardiente fabricado a bordo con un alambique casero-, las canciones se volvían picarescas, cuando no simplemente obscenas.
El bautizo estaba previsto para la mañana. Neptuno cuidará que ningún alma pase de una región a la otra sin haber sido purificada”.

Comentario del comandante Schäffer del U-977.

“Ultramar Sur” de Juan de Salinas y Carlos de Napoli.

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Encerrados en su cascarón de acero, que inesperadamente volvió a transformarse en un inmenso e inviolable ataúd en el fondo del mar, los submarinistas alemanes sabían enfrentarse a todos los riesgos y a todas las dificultades con una serenidad sin igual, al menos en apariencia. Se habían adiestrado en una dura escuela, en una durísima disciplina que les había transformado en una especie de robots carentes de voluntad, de sentimientos emotivos, de sensaciones pasionales.

Sólo gracias a aquella preparación podían hacer frente a las dificultades e imposibles condiciones de vida existentes a bordo de los grises, estilizados y homicidas aparatos submarinos.
Sólo por esa razón, eran poquísimos los casos de jóvenes que a la primera prueba de fuego retrocedían ante su deber: poquísimos los casos de locura que se daban durante las interminables y angustiosas horas de navegación en inmersión mientras el aparato trataba desesperadamente de escapar al ataque enemigo: insignificante el número de los que cedían ante el espectro de la muerte siempre presente en las galerías, en los estrechos pasadizos llenos de humedad cuando encogidos, inmóviles en sus literas esperaban de un momento a otro la explosión de las cargas antisubmarinas que llovían de los aviones que olfateaban al enemigo.
Respirando los miasmas de los detritus que no podían expulsarse, entre el tufo de los cuerpos de sus compañeros semidesnudos, empapados en sudor y el ácido olor de la gasolina, los submarinistas exploraban constantemente con los aparatos de detección, con todos sus sentidos atentos a la primera señal de peligro.

Durante meses y meses, desde las falaces profundidades del mar, o desde la superficie del agua, los marineros sabían que tenían la muerte muy cerca, siempre al acecho. Una muerte terrible, al final de una agonía interminable, que empezaba con un intolerante dolor en los tímpanos y terminaba con la asfixia por falta de oxígeno, por la infiltración del agua a través de las paredes estancas perforadas por una bomba de profundidad, o resquebrajadas por la arista de una roca vista demasiado tarde.
Cada vez que salían para una nueva misión de guerra, los jóvenes submarinistas del almirante Döenitz abrazaban con la mirada llena de añoranza, de nostalgia incontenida, la última punta verde de la tierra que se alejaba. Pero era cuestión de pocos instantes. Sabían que todas las misiones podían serles fatales, que cada uno de aquellos viajes podía no tener vuelta; sin embargo, recuperaban el control de sus nervios al cabo de pocos momentos.

Tenían que estar hechos  de un temple especial para subir a bordo de un sumergible y convertirse en parte de él, para ser capaces de dejar latir su corazón a ritmo de los potentes motores que les llevaban hacia las más fantásticas y arriesgadas aventuras. Una vez encerrados en el hermético barco, los intrépidos marinos luchaban en su interior con el miedo de no volver a ver nunca más la luz del día, de no poder gozar nunca más de la vista del mar abierto, centellante, fascinante, siempre distinto, de no poder volver más a la vida al enfrentarse a las tempestades, al luchar con la cara al viento contra el enemigo, cualquiera que fuese.
Cada uno, al hacerse una vez al mar, dejaba una especie de testamento espiritual a sus hijos, a su esposa y a su madre. Casi todas las cartas comenzaban con estas palabras: “Cuando llegue a tus manos esta carta yo estaré en el fondo del mar, junto a mi sumergible y a todos mis compañeros. Quiero que sepas desde ahora que la muerte no me habrá cogido desprevenido, todos nosotros sabemos lo que nos espera. Y ninguno lamenta haber elegido este camino, aunque al final nos aguarde la muerte”…

“Los tiburones del III Reich”  F. Martinelli

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El descanso del Guerrero

Era notorio y evidente que cuando la dotación de un sumergible regresaba a su base, tras una larga misión de combate, los hombres del Uboot empleaban parte de su soldada en recuperar el tiempo perdido en asistir a restaurantes, bares y otra clase de “garitos” cuya reputación dejaba mucho que desear.
Normalmente los marinos rasos evitaban generalmente los restaurantes y cafés que eran frecuentados por los oficiales, entre otras cosas para evitar tener que saludar, sin que se conozcan lugares que fueran vetados a los rangos más inferiores.
Gracias a los interrogatorios obtenidos por los aliados a las dotaciones prisioneras, sabemos el nombre de algunos de esos lugares en Alemania y la Francia ocupada.
Del interrogatorio efectuado a los supervivientes del U-352, podemos destacar como más habituales y frecuentados los siguientes:

  • En Lorient era visitado un lugar llamado “Sechs Titten” (seis tetas) que posiblemente fuese un bar llamado “Les trois soeurs” (las tres hermanas –por eso de las seis tetas-).
  • En St. Nazaire el bar “Astoria”.
  • En Gotenhafen el bar “Libelle” y el “Café Berliner”.
  • En La Baule “Die Giftbude” (The Poison Shop).
  • En Kiel los bares “Monopol”, “Metropol”, “Bellevue” y “Sans Souci”.
  • En Brest el bar “Cecilia”.
  • En Stralsund los bares “Rathskeller” y “Trocadero”.

En Flensburg los siguientes bares:

  • “Stadt Cafe”, “Café Meyer”, “Café Haserl”, “Haus Deutscher Arbeit”, “Deutscher Bahnhof Hotel”.
  • El “Cafe Delfs”, frecuentado por Guardiamarinas.
  • El “Boccacio”, con orquesta.
  • El “Sans Souei” prohibido a los Guardiamarinas, así como un lugar cercano a la Marineschule (Academia Naval), en el que cantaba alguien llamado Lauria Brandes.

Uboatarchive.net

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Sobre sanidad

Yo nunca he permitido las “revistas de médico” a bordo. Creo que con una dotación sana y normal no es necesario. Acostumbro a la gente a que cuanto sientan la menor molestia se presenten al médico o a mí. Es mejor curar un forúnculo desde el primer momento, aunque les dé vergüenza el declararlo, que no cuando ya está peor.

Algunas normas de higiene: tengo dada la orden de que todos lleven fajado el vientre, y se lo recuerdo todas las tardes a través de los altavoces, antes de que empiece a oscurecer. Nadie puede beber agua helada estando en los trópicos. A los marineros jóvenes les prohíbo fumar con el estómago vacío, y procuro que el café que se reparte en la guardia de media no sea tan fuerte como es costumbre en los barcos.

En uno de mis cruceros tuve un enfermo de difteria. Cuando lo advertimos ya había pasado, afortunadamente, el peligro de contagio, y no se produjo ningún otro caso. El enfermo estuvo rebajado de servicio durante varias semanas, y aún pudo hacer su trabajo durante los dos meses que faltaban para terminar el crucero. Se curó sin haber visto la luz del sol.

El problema sexual no ha existido jamás en mis sumergibles, ni aún en los cruceros largos. Tengo prohibido que en los mamparos, junto a las literas, peguen fotografías de mujeres desnudas. No porque se tenga hambre hay que pintar atractivas hogazas en las paredes.

Es una buena costumbre echar de vez en cuando un vistazo a los libros que hay a bordo. Si se encuentran algunos de los que sólo tienden a halagar los bajos instintos del hombre, es mejor echarlos por la borda.

En cuanto llegamos a tierra aconsejo a mis hombres que compren muchos regalos para sus familias; así estoy seguro que gastarán su paga en algo de provecho. Pero cuando están de regreso a la base creo que debe dejárseles en libertad para echar “una cana al aire”.

Wolfgang Luth. Conferencia para un curso de oficiales de Marina en Weimar en el año1943.

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El mantenimiento a realizar en un uboot entre patrullas estaba determinado por múltiples factores.
El L.I. (Leitender Ingenieur), hacia una lista de todo lo que era necesario revisar o reparar. En esta lista, por poner algunos ejemplos, se incluían fallos mecánicos, fugas, sonidos extraños, injustificado consumo de combustible o aceite, dispositivos que no dan el rendimiento adecuado o esperado, daños producidos en combate, cosas que se han reparado en patrulla…
Esta lista era convertida en órdenes de trabajo que debían realizarse al llegar a la base.

A parte, habían dispositivos (ya sean piezas o aparatos completos) que cada cierto tiempo debían ser revisados o sustituidos debido a su desgaste (piezas mecánicas). También, según avanzaba la guerra, muchos aparatos eran cambiados por otros mejores o se instalaban nuevos dispositivos. Además, ciertos aparatos debían ser calibrados y ajustados con precisión, por ejemplo el compás maestro. Todo lo anterior se puede aplicar a los aparatos de radio, hidrófonos, rádar….

No está claro si el Leitender Ingenieur se encargaba de llevar una lista de todo lo que se había de reparar o había casos especiales, por ejemplo, ¿si había algún problema con el cañón informaba de ello el IIWO (Zweiter Wachoffizier - oficial de armamento- ) o lo hacia el Leitender Ingenieur directamente una vez avisado por el Zweiter Wachoffizier?

También al llegar a la base los torpedos, si es que alguno no se había utilizado, eran revisados a fondo, incluso podían ser llevados al taller para ajustarlos o actualizar alguno de sus componentes. Un mantenimiento de los mismos también era realizado periódicamente en plena patrulla, carga de baterías, ajustes de los giroscopios...

Una vez realizadas todas las reparaciones, el Uboot era declarado apto y el Leitender Ingenieur debía comprobar que todo funcionara correctamente, estas comprobaciones podían incluir una prueba de inmersión en el caso de reparaciones realizadas por fugas o averías en los tanques de lastre. En estas pruebas, a bordo de la nave viajaban trabajadores y responsables de los astilleros. También en el caso del resto de reparaciones, por ejemplo de una antena de radio, el responsable de comunicaciones del uboot, comprobaba el correcto funcionamiento de todo junto a un responsable del taller que ha efectuado la reparación.

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